viernes, 4 de abril de 2008

Un final para Cortázar

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
"Final de juego", Julio Cortázar 1956. © 1996 Alfaguara




Hemos inventado finales a esta historia. Ahí van algunos:


Leticia propone:


El lector nervioso, sofocado, dominado por la intriga, no puede despegarse de la adicción de esas líneas. De repente oye un extraño ruido, no sabe si es un sonido verdadero o imaginado y sigue inquieto en ese alto sillón de terciopelo verde cuando una mano le toca el hombro y va deslizándose lentamente por el hombro. Empieza a latirle cada vez más rápido el corazón, de lo nervioso que está suelta el libro, se le cae… cuando escucha la voz de su mujer. Todo queda en un pequeño susto al creer que la mano era de aquel intruso que entró en la sala como en la novela.


Geraldine:


Aquel hombre del sillón de terciopelo verde permanecía allí, con el corazón en un puño, temblaba de miedo al ver que el puñal se acercaba cada vez más a su cuerpo.Por suerte reaccionó a tiempo y cerró el libro. De esta manera la historia terminaba de manera fulminante.


Luís:


Justo cuando leyó esas últimas palabras tuvo un mal presentimiento; sabía que algo malo iba a sucederle pero estaba tan intrigado en su novela que decidió seguir leyendo. Unas dos o tres líneas después comprendió que él era el marido que estaba a punto de ser asesinado. Se asustó y cerró el libro. Segundos después, cuando se hubo asegurado de que no había nadie en la habitación, volvió a abrir la novela. Todas las páginas estaban en blanco.


Denise:


El lector está desesperado, sólo le quedan una escasas líneas para acabar la intrigante novela. Se le hace eterno el año de espera hasta la aparición de la segunda parte. Fue el primero en ir al comercio a comprar el libro, Volvió a coger el tren para refugiarse de nuevo en su mansión y leer tranquilamente, Devorado y absorbido por las páginas del libro, sabía que estaba involucrado en la historia pero no sabía hasta qué punto. Tenía que leer todo el libro para saber qué le pasaría. Por seguridad decidió ir a leer al bosque y así fue. Cando acabó se encontró muy disgustado porque no había conseguido ser parte de la historia aunque, también, sintió un gran alivio por seguir vivo…


Pedro:



Le sudaba todo el cuerpo y le temblaban los brazos. Agarraba el puñal con todas sus fuerzas, devorado por la rabia y el rencor.
Sentado en su sillón de terciopelo negro, empezó a sospechar que la historia tenía relación con su vida. Intentó no darle importancia hasta que escuchó unos pasos, su corazón empezó a latir a cien por hora. Se tapó los oídos pero los pasos seguían en su interior.
Se iba acercando al sillón, poco a poco, con pasos pequeños y silenciosos, levantó el puñal hasta lo máximo que su brazo alcanzaba.
En ese instante, lo vio reflejado en el cristal de la ventana y con un movimiento rápido se apartó del sillón, con lo cual el puñal falló y se clavó en el centro del libro e instantáneamente desapareció la intrigante novela.

Dani

De repente tuvo un presentimiento. Se estremeció. Empezó a mirar las demás páginas de la novela. Cada vez estaba más asustado. Vio que las páginas que faltaban, estaban en blanco.
El hombre, angustiado, siguió leyendo la novela aunque sabia que algo había de suceder. Justo al empezar a leer vio la sombra de alguien en la novela. No pudo leer más.
El amante, con la sangre del hombre, escribió:

FIN DEL JUEGO.


Y, entre todos, hemos elaborado dos propuestas de final:


  • Entonces volvió la cabeza, en la mano el libro permanecía abierto, reconoció el rostro que lo atormentaba noche tras noche, que emponzoñaba la posibilidad de entregarse al sueño que repara y cura. Cerró el libro con resolución, luego cerró la casa y se marchó por la senda bordeada de álamos.

  • Sintió en la espalda la respiración alterada por la rabia y la excitación. Pero no era la primera vez que se encontraba en esta situación, la experiencia le permitía ya sentir el especial placer del momento. No sin pesar levantó los ojos del libro, los fijó en las amarillentas pero todavía bellas hojas del roble, suspiró profundamente para darse ánimos para la que iba a ser la más arriesgada de las acciones de aquel día: cerrar el libro.

2 comentarios:

albeiro dijo...

el man se muere

Sara dijo...

y al ver alli el causante de su descontento con la vida se entierra el puñal en su corazon, al mismo tiempo que el hombre del sillon de terciopelo verde voltea a mirarla...